“…Todo pesa, todo es un lastre para el camino.
Para el camino del viajero y el de la vida
hay que ir ligero de equipaje”.
-Fernando Sánchez Dragó- 
Dejo en Madrid el recién sacado abono del Atleti, para que alguien vaya a la previa de la Liga de Campeones por mí. Dejo aquí un
cuponazo para el sábado; si toca, que se encargue de cobrármelo alguien de confianza y yo no ando ya ni regresando. Dejo fuera del equipaje mi trabajo, porque ya le dedico bastante tiempo el resto del año. Lo profesional entero: durante unas semanas, no pienso ni acordarme de en qué diablos curro. Dejo aquí a los clientes pesados y a los encantadores, a todos. Dejo el ordenador. Dejo mi agenda. Dejo fuera de la maleta las contestaciones bordes que últimamente he dado a gente que se las ganó a pulso, y también a otros que posiblemente no se las merecían tanto y pagaron el pato ajeno. Dejo las comeduras de coco, el dar demasiadas vueltas a las cosas. Dejo aquí melancolías bobas y algunos temores. Dejo fuera decepciones sufridas con ciertas personas después de muchos años que ahora me suenan a falsedad. No tengo que dejar fuera, sin embargo, el rencor: no uso. Ni un poquito. Se quedan fuera de la maleta la gripe A, el golpista usurpador de Honduras, la nueva base militar
yankee en Colombia, los corruptos de la trama
Gürtel, ETA haciendo de las suyas en Mallorca… Dejo aquí las noticias, no quiero ni estar informado. Dejo las preocupaciones y los agobios, todos, sean del tipo que sean.
Me llevo una mochila. Y zapatillas de caminar mucho. Me llevo el
kit completo de
hippie-
viajero adquirido en el Rastro de Madrid. Me llevo el teléfono por si acaso, pero apagado. Me llego la cámara de fotos con la tarjeta vacía, para llenarla de imágenes, como mi retina. Me llevo poca ropa, ya compraré allí. Me llevo la guía
Lonely Planet, los
Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig y un libro de relatos cortos de Slawomir Mrozek. Me llevo cuaderno y bolígrafo, cómo no. Para no tener exceso de equipaje, me llevo cosas que no pesan, como las llamadas de despedida de mi familia. O, bien plegado, como un chaleco salvavidas, el abrazo permanente de mis amigos M. y C., que siempre siempre siempre están ahí, para alegrarse con mis alegrías y para aguantarme mis penas. Hago un hueco para meter en la maleta los ecos de la cena y la conversación del otro día con N., cuando ella recordaba días compartidos en una isla y nos reímos juntos porque me dijo ahora algo que entonces no se atrevió. Me llevo buenos deseos y un beso virtual de P. que no sé si merezco porque la tengo muy abandonada últimamente. Me llevo también la última tarde con V., sus consejos cariñosos y las imágenes de esa zona de Madrid que me descubrió y que creo que voy a frecuentar a la vuelta. Me llevo el sabor de las penúltimas cañas con los dos C. y con M., la calidez de compañeros de múltiples andanzas pasadas y de las que vendrán... Y, aunque me lo tenga prohibido (
chssssss, que no se entere), me llevo el recuerdo de A., de las vivencias y complicidades de estos meses, de cada palabra, de cada risa, de cada caricia, de cada sensación… para sacarlo de la maleta un ratito –sólo un ratito, lo prometo- cualquier atardecer por allí. Cuando por fin ella cumpla su deseo de ir, tal vez tenga la impresión de que en algún sitio ya estuvo antes… Mi sonrisa no la guardo en la maleta: me la llevo puesta. Va conmigo la disposición a la aventura y al aprendizaje, a conocer lo hoy desconocido, a abrir bien los ojos y la mente. Mi capacidad para disfrutar de cada momento, de cada persona, de cada paisaje.
Me espera un país repleto de naturaleza y de historia, en un continente que pisaré por vez primera en mi vida. Me esperan los templos de Bangkok, los poblados Shan, Lisu, Karen o Lahu, el camino por la selva, las balsas para avanzar por la corriente del río, los elefantes, las ruinas de los palacios de Ayuthaya, el mercado flotante de Damnoan Saudak, el buda de las playas de Ko Samui. Como diría Dragó, digo adiós temporal a
Vandalia y me voy unos días al paraíso. Perdonen si no contesto sus comentarios. Pásenlo bien. Nos vemos en septiembre.
(Fotografía: Almas viajeras, de Bachmont, de la galería de imágenes Creative Commons de Flickr).