Es muy frecuente que me proponga escribir sobre algo en el blog y que la falta de tiempo se acabe imponiendo, dejando inédita la idea. Por ejemplo, cuando apareció el diario
Público escribí el borrador de una entrada que nunca llegué a colgar en esta bitácora y que quería haber titulado
Primeras impresiones, primeras decepciones.

Venía a decir entonces que la publicación de un nuevo periódico me parece, en principio, una buena noticia: más puestos de trabajo para periodistas, más oferta de lectura en el quiosco y, a veces, sólo a veces, más pluralidad informativa. Pretendía contar también que yo tenía varios motivos para empezar a comprar ese nuevo diario.
Uno, aunque menor, era que el coste inicial de 50 céntimos (meses después ya lo subieron a un euro) permitía que pudiera ser una segunda lectura junto a otro periódico. Además, al principio regalaba cada día el DVD de una película de calidad. Por descontado que esto no era un motivo para fidelizarte, pero sí ayudaba a que los primeros días lo adquirieses y así pudieras ir conociéndolo, acostumbrándote a su diseño, secciones, contenido…
Otro, es que
Público salía con la vitola de
progresista o
de izquierda. La verdad es que yo no me coloco semejantes etiquetas tan arcaicas y tan indefinidas de derecha o de izquierda, como no me coloco la de güelfo o gibelino, o la de canovista o sagastista…, pero me gusta tener contrapesos informativos y puntos de vista alternativos. Por eso, podía ser interesante. O no. Había que comprobarlo. En un mundo donde se autocalifican
de izquierda desde Pedro Solbes hasta Evo Morales y de Javier Solana al Subcomandante Marcos, esas etiquetas no quieren decir absolutamente nada por sí solas. Cuando se escucha o se lee semejante calificativo, siempre hay que esperar a ver qué entiende como tal quien las atribuye. Había que saber, pues, si
Público entendía lo de ser un diario progresista igual que lo entendió en su día
Liberación, modesto pero digno empeño, a la postre fallido. O si lo entendía como
El Independiente, que era de izquierda pero no se casaba con la corrupción felipista y por eso se puso en marcha una sucia maniobra político-empresarial que consiguió comprarlo simplemente para cerrarlo a continuación. O si lo entendía como
El País, para quien el
progresismo consiste en estar siempre con un determinado partido -haga lo que haga- mientras éste favorezca sus intereses empresariales y estar en contra -haga lo que haga- cuando deja de favorecerlos o creen que no lo hace suficientemente.
Un motivo más para comenzar a leer el periódico era ese aire novedoso que parecía querer traer: el de un medio distinto, más joven, más fresco... ¿Sería verdad, por fortuna? Al menos el diario tenía algunos columnistas de interés, algunos reportajes buenos, una atención mayor que otros periódicos a ciertos temas que me interesan, un diseño que me parecía dinámico y atractivo…

Pero, desde el primer día, un motivo no menor para que durante todos estos meses haya comprado y leído con cierta frecuencia
Público tenía nombre y apellido:
Rafael Reig.
A Rafael me lo dio a conocer Fernando Sánchez Dragó. Desde que leí su magnífico
Manual de Literatura para Caníbales (un divertido libro, deliciosamente iconoclasta, repleto de guiños de complicidad lectora) y desde que sigo su
blog (de mayor yo querría saber escribir, en el fondo y en la forma, como Reig..., vana ilusión), me parece que es una gozada leer sus escritos y que tiene unos criterios dignos de tomar en consideración. No quiero decir que coincida con todo lo que opina (unas veces sí y otras no, como es natural) pero me parece un tipo ingenioso, irónico, culto, interesante… y buena gente. Me fío de él. Me da la impresión de que escribe con sinceridad y no le veo articulando maquiavélicas componendas para satisfacer o dejar de satisfacer a un poder político o económico.
Si Rafael Reig apostaba por
Público, eso significaba que el proyecto periodístico merecía cuando menos atención. Reig comenzó siendo responsable de la sección de Opinión. Tiempo después ya se quedó como simple colaborador, lo cual no era, desde luego, una buena señal. En todo caso, podíamos seguir disfrutando de la lectura de su
Carta con respuesta (cada día contestaba a un lector y uno sabía que iba a encontrar reflexiones inteligentes y generalmente nada tópicas) y de la sección
Papelera de Reciclaje.
En los primeros días leyendo
Público llegaron ya las primeras decepciones: lo de
progresista, en efecto, Mediapro lo entiende como lo ha entendido Prisa durante muchos años. Había que buscar con lupa para encontrar en las páginas de
Público algún análisis crítico sobre la labor del gobierno en medio de tanto incienso y tantas noticias positivas de esta arcadia feliz en la que nos moveríamos si no fuera por lo malos-malísimos que son los del PP. Para mí izquierda debería significar desconfianza hacia el poder –como señalaba Orejudo recientemente en un
artículo en el mismo diario-, sentido crítico, puntos de vista alternativos, exigencia ciudadana… incluso frente a aquellos con los que puedas sentirte más cercanos. Si izquierda es docilidad ante el poder y propaganda del mismo, no me despierta mucho interés, la verdad.
Hace unos días
Público ha prescindido de Rafael Reig como colaborador. En realidad no le echaron directamente, sino que plantearon sutilmente la decisión empresarial: le invitaron a no complicarse la vida hablando de política y de problemas sociales, a dejar de opinar sobre actualidad y a ocuparse de cuestiones literarias en la sección de cultura. Y Rafael (al que seguramente no le hubiera importado lo segundo, escribir sobre cultura, si no apareciera condicionado a lo primero, dejar de hacerlo sobre otras cosas) declinó semejante invitación.
Un puñado de significativos nombres del periodismo, la literatura, la política... ha criticado este hecho en un
comunicado. A mí también me parece una muy mala noticia. No tanto para Reig y para quienes leemos sus escritos, porque nos acabaremos encontrando en su blog, en sus novelas o seguramente en algún otro medio informativo. Me parece mala noticia para el periódico y para los lectores del mismo, para la libertad de expresión, para la pluralidad...
Es tremendamente empobrecedor que se prescinda de quienes molestan, de quienes nadan contracorriente, de quienes se salen del discurso dominante. Esto a veces me cabrea. Casi siempre me entristece. Pero mentiría si dijera que me sorprende.